Un vehículo de carretera ya no es una máquina autónoma, sino que forma parte de un sistema más amplio: está conectado a redes digitales, está configurado por software y datos y es cada vez más capaz de responder al mundo que lo rodea. Su impacto ambiental también va más allá de la carretera, desde los materiales y la fabricación hasta la reutilización, el reciclaje y el fin de la vida útil, lo que está transformando el desafío que enfrenta la industria del automóvil.
El progreso ya no se puede medir únicamente por lo que puede hacer un vehículo individual, sino que también se debe juzgar por el nivel de seguridad con el que dicho vehículo opera en un ecosistema más grande, por el grado de credibilidad con el que se evalúa su impacto ambiental y con el nivel de confianza que se puede otorgar a nuevas tecnologías presentes en el mercado.
Durante mi etapa como presidente del comité técnico de ISO sobre vehículos de carretera (ISO/TC 22), he podido observar este cambio en primera persona. Las cuestiones que se nos presentan traspasan cada vez más los límites entre la ingeniería automotriz, la ciberseguridad, la inteligencia artificial, las comunicaciones, la energía y la infraestructura digital. A ninguna de ellas puede responder una organización, un sector o un país que actúe en solitario.
De ahí la importancia de las Normas Internacionales, ya que dotan a la industria mundial de la base común que necesita para transformar el cambio en un progreso responsable.
Normas para una industria cambiante
En ocasiones, las normas se ven como puntos fijos en un mundo cambiante. La realidad es que únicamente siguen siendo valiosas si evolucionan a la par que las necesidades de quienes las utilizan. La normalización de los vehículos de carretera forma parte de la labor de ISO desde la fundación de la organización, en 1947. Durante décadas, el ISO/TC 22 ha ganado especialización en aspectos como el desempeño y la seguridad de los vehículos. En la actualidad, su alcance abarca ciberseguridad, ergonomía, sostenibilidad y digitalización. Las nuevas cuestiones han traído al comité disciplinas, partes interesadas y formas de trabajar novedosas.
La adaptación nos ha obligado a revisar nuestras estructuras, a conectar conocimientos expertos que antes funcionaban de forma independiente y a generar consenso en una comunidad cada vez más diversa. Las normas resultantes brindan una terminología común, marcos de trabajo consensuados y enfoques compatibles que permiten a las tecnologías cruzar fronteras.
En el centro de este trabajo se encuentra una comunidad global de expertos que contribuyen generosamente con sus conocimientos y su tiempo. El reconocimiento del ISO/TC 22 con el Premio Laurence D. Eicher refleja lo que esa comunidad ha logrado conjuntamente y resalta una lección importante: un comité de normalización no puede contribuir a transformar un sector a menos que esté dispuesto a transformarse a sí mismo.
Hacia una movilidad más segura y sostenible
La seguridad siempre ha sido fundamental para la normalización de los vehículos de carretera, pero su significado se está ampliando. El desempeño mecánico ya no lo es todo; una brecha en ciberseguridad puede suponer un riesgo físico, por lo que el software puede necesitar actualizaciones después de que el vehículo salga de fábrica. A medida que los vehículos se tornan más automatizados y conectados, su seguridad también depende de lo fiable que sea el intercambio de información con la infraestructura y con otros sistemas. Cada nueva conexión genera posibilidades, pero también dependencias que se deben entender y manejar.
Las normas permiten que expertos de distintos ámbitos y países se pongan de acuerdo sobre cómo abordar los riesgos, sin imponer una única solución técnica: establecen una base sólida para la seguridad al tiempo que permiten el desarrollo de las tecnologías.
La seguridad sigue siendo innegociable, pero ya no es la única vara de medir con la que se evaluarán los avances en movilidad. A medida que el mundo enfrenta el cambio climático, los vehículos también deben ser más sostenibles y consumir menos recursos; no solo cuando están en circulación, sino a lo largo de todo su ciclo de vida. Para ello, hay que ir más allá de las emisiones de los tubos de escape o de la tecnología utilizada para propulsar un vehículo. Materiales, fabricación, fuentes de energía, funcionamiento, durabilidad y final de su vida útil contribuyen al impacto ambiental de estos productos.
Sin métodos coherentes, es posible que el desempeño en un mercado no sea comparable con los resultados de otro. Cada vez resulta más difícil respaldar las declaraciones, las decisiones de inversión son menos seguras y la acción coordinada es más complicada. Las Normas Internacionales brindan una base de evidencias confiable para evaluar distintas tecnologías y vías, y contribuyen a convertir los compromisos climáticos en decisiones en las que las empresas, los legisladores y la ciudadanía puedan confiar.
Innovación en la que la gente puede confiar
A menudo, las normas se describen como barreras que ralentizan la innovación; yo no comparto esa opinión. Unas normas bien diseñadas reducen la incertidumbre que impide que las buenas ideas lleguen más lejos. Al permitir que distintos sistemas trabajen juntos, se reduce la fragmentación y se facilita que las tecnologías prometedoras pasen de la fase de desarrollo a la de implementación en los distintos mercados.
La interoperabilidad permite que las tecnologías desarrolladas por diferentes organizaciones se conecten entre sí, los métodos acordados facilitan la evaluación de las soluciones y las expectativas compartidas reducen la fragmentación cuando los productos pasan de la fase de desarrollo a los mercados internacionales. Las normas no determinan qué tecnología debe prevalecer: crean unas condiciones justas y transparentes en las que se pueden probar, mejorar y ampliar de forma responsable los distintos enfoques.
Esto cobra cada vez más importancia a medida que los vehículos de carretera convergen con sectores que avanzan a ritmos distintos y parten de premisas diferentes. La excelencia técnica por sí sola no será suficiente; los reguladores necesitan conocimientos expertos para las tecnologías con las que no están familiarizados, las empresas necesitan tener la certeza de que los sistemas serán compatibles y los usuarios de la vía necesitan pruebas de que las nuevas formas de movilidad son seguras, fiables, asequibles y están pensadas para las personas. Por lo tanto, la confianza llega después de que la innovación haya demostrado su valía. Se basa en evidencias, transparencia, rigor técnico y consenso.
No podemos predecir cómo será un vehículo de carretera dentro de varias décadas, pero tenemos la responsabilidad de garantizar que, sea cual sea la forma que adopte, las normas que la sustentan sigan guiándose por cuatro prioridades permanentes: proteger a las personas, posibilitar una acción climática creíble, apoyar la innovación y generar confianza.
Ahora que mi etapa como presidente del ISO/TC 22 llega a término, considero que estos principios nos ofrecen algo más que una forma de responder al cambio. Nos brindan una forma de dar forma a un futuro de la movilidad más sostenible y seguro, y la confianza para avanzar juntos hacia él.