La infraestructura invisible que todo futuro líder debe comprender

Por Nicole Vargas,
Especialista en Comunicación e Implicación
Joven profesional, ISO

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Cada año, en el Día Internacional de la Juventud, se nos recuerda que los jóvenes heredarán el mundo del mañana. Los animamos a innovar, a hacer frente al cambio climático, a sacar partido de la inteligencia artificial, a resolver problemas que aún no hemos conseguido resolver nosotros mismos. Está muy bien que lo hagamos.

Sin embargo, preparar a los jóvenes para el futuro no consiste solo en inspirarlos para que propongan nuevas ideas; también se trata de ayudarlos a comprender cómo esas ideas se convierten en soluciones en las que la sociedad puede confiar y que puede adoptar y desarrollar. Es una lección que rara vez enseñamos, pero que he llegado a apreciar desde que ingresé en ISO.

Es exactamente el tipo de lección que los jóvenes explorarán en la 21.ª Olimpiada Internacional de la Normalización en la República de Corea, donde representaré a ISO. Ya en su segunda década como competición internacional formal, la Olimpiada reúne a estudiantes de secundaria y bachillerato de todo el mundo para poner a prueba su creatividad y su pensamiento científico, pero también su comprensión de la normalización y su capacidad para resolver problemas en equipo.

Qué ocurre después de la idea

Desde que me adentré en el mundo de las normas, algo que he interiorizado es que los mayores avances no provienen de que una persona individual tenga una idea impresionante. Suceden porque las personas encuentran una forma de desarrollar esa idea juntas.

La innovación siempre ha impulsado a la humanidad: pasamos bastante tiempo animando a los futuros líderes a generar ideas. Dedicamos mucho menos tiempo a prepararlos para lo que viene después: convertir esas ideas en progreso compartido.

El hecho es que la innovación por sí sola nunca ha cambiado el mundo. Las ideas solo transforman las sociedades cuando las personas pueden comprenderlas, confiar en ellas y desarrollarlas conjuntamente, y aquí es donde las normas tienen un papel clave.

Invisible hasta que falta

Mi generación nació en un mundo donde las normas ya dan forma a la vida cotidiana, tan discretamente que la mayoría de nosotros ni siquiera nos damos cuenta de ellas. Cuando enchufamos el cargador del teléfono, funciona. Cuando subimos a un avión, confiamos en aterrizar sanos y salvos en el otro confín del mundo. Cuando compramos alimentos, damos por hecho que su consumo no suponga ningún peligro.

Este es tal vez el logro más extraño de cualquier norma: cuando funciona, desaparece. El Banco Mundial denominó recientemente a las normas la «infraestructura invisible» del mundo, y creo que es exactamente así. Las infraestructuras no son valiosas porque las notamos, sino porque todo lo demás depende de ellas.

Trabajar en la normalización me ha enseñado que la parte más difícil de resolver un problema global casi nunca es la escasez de buenas ideas. Las buenas ideas brotan por todas partes, pero que es mucho más escaso es la capacidad de ayudar a que una idea traspase fronteras, gane la confianza de un extraño y sea útil para alguien que no participó en su creación. Las normas establecen las condiciones que permiten que esto suceda.

Qué ayudan a crear las normas

El primer paso es la colaboración, una colaboración que comienza antes de lo que la mayoría de la gente cree, no acordando una solución, sino acordando de qué estamos hablando. Antes de que los países puedan regular la inteligencia artificial, primero necesitan un entendimiento común de lo que es la inteligencia artificial. Una definición compartida se convierte en una medida compartida, y una medida compartida se convierte en una acción compartida.

En ISO, expertos de más de 170 países miembros trabajan juntos para construir este territorio común. Traen consigo diferentes experiencias, prioridades y perspectivas. No todos comienzan desde el mismo punto de partida, y esa es precisamente la cuestión: a través del debate, la experiencia técnica y el paciente trabajo de consenso, construyen algo que se puede entender y utilizar mucho más allá de la sala donde comenzó.

Esta me sigue pareciendo la parte más impresionante; no los documentos en sí, sino el proceso que hay detrás. Es una forma de que personas con puntos de partida muy distintos encuentren suficientes puntos en común para avanzar.

El futuro no es algo que los jóvenes empiecen a moldear un día. Ya estamos dándole forma.

La confianza viaja más despacio que el propio producto

A menudo me vienen a la mente los productores de café a los que entrevisté en Bolivia, mi país de origen, mientras investigaba para mi tesis de máster. Su café de cultivo en altura era excepcional. Ese nunca fue el problema. El problema era convencer a un comprador a miles de kilómetros de distancia, que nunca había visitado el cafetal, hablaba un idioma diferente y respondía a regulaciones distintas. La confianza debía viajar más lejos que el café en sí, pero se movió mucho más lentamente.

Las normas no hicieron que ese café fuera mejor, sino que permitieron que el resto del mundo reconociera una calidad que ya estaba ahí. Al observarlo desde fuera, vi las normas como una forma de generar confianza, pero los productores vieron algo más inmediato: una oportunidad. Las normas eran la diferencia entre un mercado que nunca consideraría su café y otro que sí lo haría.

Esa experiencia cambió mi forma de pensar sobre las normas. No son simples documentos; son una forma de generar confianza entre personas que nunca se encontrarán en persona. Una confianza capaz de abrir puertas que de otro modo permanecerían cerradas.

Qué espero que los estudiantes se lleven a casa

Quizá por eso no veo la Olimpiada como una simple competición acerca de las normas, sino como un ensayo de liderazgo. No es el tipo de liderazgo que insiste en tener todas las respuestas, sino el que sabe cómo llevar a las personas hacia una respuesta que puedan compartir.

Aún no sé en qué se van a poner de acuerdo los estudiantes de este año en los próximos días, ni a qué conclusiones llegarán finalmente, pero conversaciones como esta suelen seguir el mismo patrón: personas que antes no se conocían comienzan con perspectivas diferentes y construyen gradualmente algo que ninguno de ellos podría haber creado en solitario. Es un reflejo pequeño, pero potente de cómo se resuelven los desafíos globales: no pensando al unísono, sino aportando puntos de vista diferentes para crear algo mejor.

Porque el futuro no es algo que los jóvenes empiecen a moldear un día. Ya estamos dándole forma. Si hay una lección que espero que los jóvenes aprendan de la Olimpiada y del Día Internacional de la Juventud de hoy, es esta: algunos de los mayores avances del mundo no se producen porque todo el mundo piense igual. Suceden porque las personas encuentran suficientes puntos en común para avanzar juntas.

Eso es lo que me han enseñado las normas.

Quizá esta sea una de las lecciones más valiosas que podemos transmitir a la siguiente generación.


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